® Siracusa y Catania. La ciudad de Siracusa, desde su espléndida posición en la parte oriental de la costa siciliana, se extiende hacia el mar con la isla de Ortigia, lugar que alberga los más importantes testimonios de su glorioso pasado. Ortigia está unida por un puente a la tierra firme, donde se extiende la ciudad moderna. La ciudad histórica, según Tucídides (s. V a.C.), fue fundada, en el 734-733 a.C., por un grupo de colonos corintios guiados por el ecista Archia, y tomó el nombre de un pantano vecino llamado Syraka. Siracusa se convirtió bien pronto en uno de los centros más potentes de Sicilia. Su política expansionista, iniciada entre los siglos VII y VI a.C., se concretará con la fundación de las colonias de Akrai, 663 a.C., Casmene, 643 a.C., y Camarina 598, que asumirán un papel de primera importancia en la defensa del territorio circundante. En un primer momento, la gestión del poder, en Siracusa, estaba concentrada en las manos de los Gamoroi (aristocráticos, terratenientes); más tarde, a principios del s. V a.C., pasará a elementos democráticos. En pleno siglo V, el retorno de los aristócratas y la instauración de la tiranía de los Dinoménidos de Gela coincidieron con un periodo de gran expansión de la ciudad, que se colocó a la cabeza de la civilización "magno-griega" en la lucha contra los cartaginenses, derrotándolos en la famosa batalla de Imera del 480 a. C., con la ciudad de Agrigento como aliada. En la segunda fase de la guerra del Peloponeso, Atenas, tolerando apenas la expansión económica y militar de Siracusa, desencadenó contra ella una potente ofensiva con una expedición naval, 415-13 a.C., guiada por Nicia Lamaco y Alcibíades. Siracusa consiguió derrotar a los atenienses y rodearlos en las orillas del Assìnaro, cerca de Eloro. La artífice de la victoria había sido la fracción demócrata, que asumió la guía de la ciudad. Pero volvieron los cartaginenses, destruyendo Selinunte y obligando a Siracusa a una rendición pactada. Cuando Dionisio accedió al poder, comenzó de nuevo la ofensiva cartaginense, bloqueada por una peste que llevó a la paz. En los años sucesivos, los enfrentamientos se repitieron, hasta que, en el 392, fue firmado un nuevo pacto: Dionisio obtuvo el poder sobre las ciudades sículas, en otro tiempo independientes; Cartago mantuvo el predominio en la Sicilia occidental. Este es el momento de mayor esplendor para Siracusa, que amplió su zona de influencia hasta la Italia meridional y central. A la muerte de Dionisio le sucedió su hijo, Dionisio II. Se produjeron nuevos conflictos internos y los siracusanos pidieron ayuda, contra el tirano, a la madre patria, Corinto, que en el 344 envió a Sicilia una expedición guiada por Timoleonte, el cual consiguió imponerse a las fuerzas de Dionisio, y trató con él la paz. En el 339, Timoleonte tuvo que afrontar una nueva ofensiva de los cartaginenses, que concluyó con la grave derrota de éstos junto al río Crimiso. Timoleonte pudo dedicarse entonces a imponer de nuevo el orden en Sicilia, a colonizar de nuevo los campos y a revigorizar el elemento griego manteniendo, en política, una posición moderada. A su muerte le sucedió Agátocles, jefe del partido democrático radical, que se deshizo de los oligarcas y, en el 307, mientras estaba en curso una nueva guerra contra los cartaginenses, asumió el título de rey. Un año después, concluida victoriosamente la guerra, se hizo dueño de toda la isla. Tras la muerte de Agátocles, el sucesor fue Gerón II, que ostentó el poder cerca de cincuenta años, desde el 269 hasta el 215 a.C. En este periodo, los romanos, asomados al proscenio de la historia, tendían a limitar la independencia de Siracusa, tanto que Gerón, consciente de la superioridad de éstos, se declaró al final su aliado. El sucesor, su hijo Jerónimo, que a su vez se había aliado a los cartaginenses, terminó cediendo ante los romanos que, conquistada y saqueada Siracusa, en el 213 a.C., la incluyeron de nuevo en la provincia de Sicilia, pero asegurándole aún el papel de ciudad capital. Después de la caída de Roma, Siracusa vivió las mismas vicisitudes que el resto de Sicilia y fue ocupada por vándalos, godos y bizantinos, hasta que, en el 878, cayó en manos de los árabes. En época normanda y suaba, Siracusa, aunque cediendo a Palermo al papel de ciudad capital, continuó manteniendo una notable importancia, demostrando ventaja incluso por su amplia reestructuración urbanística. El Castillo Maniace es un admirable ejemplo de arquitectura de época federiciana, y es también el símbolo del poder militar de Federico II y de la centralización estatal llevada a cabo por este soberano. Bajo el dominio aragonés, Siracusa se convirtió en capital de un amplio territorio que comprendía nuevos municipios. Surgen, en este periodo, elegantes moradas señoriales, iglesias y conventos, entre ellos el de Santa Lucía, San Benedetto y la Annunziata. En época española, entre los siglos XV y XVI, los asentamientos de los Jesuitas, Carmelitas y otras órdenes religiosas, determinan nuevas transformaciones urbanísticas, según los dictámenes del nuevo gusto barroco que, sobre todo, en Siracusa, asumió contornos específicos y peculiares. Y, principalmente, por causa de la apremiante amenaza turca, fueron construidos los imponentes bastiones alrededor de la ciudad. Después del terremoto de 1693, Siracusa fue reconstruida en parte, y los trabajos de reestructuración continuaron durante todo el s. XVIII. Entre los siglos XVIII y XIX, se asistió a nuevas transformaciones urbanísticas y culturales; muchos edificios religiosos fueron confiscados y destinados a uso público. Esta forma de proceder se acentuó cadavez más después de la unidad de Italia, momento en que se decidió el derrumbamiento de los muros españoles, y la ciudad comenzó su expansión hacia el interior. De hecho, empezaron a surgir nuevos barrios que marcaron cada vez más la diferencia entre la ciudad histórica y la ciudad moderna. Hoy, se intenta llevar adelante una política de recuperación que, a través de la restauración conservativa, salve y haga revivir los testimonios más significativos de la memoria histórica de la ciudad. Es la segunda ciudad de Sicilia en número de habitantes y se extiende sobre la llanura homónima, entre el mar Jónico y las laderas del Etna. El campo que la rodea, que las erupciones volcánicas han hecho más fértil, está cultivado en su mayor parte con huertos de agrios. La estrecha relación que la ciudad mantiene con el volcán se puede constatar también en sus edificios, muchos de los cuales están construidos con piedra volcánica. Según el historiador Tucídides, Katane fue fundada después del 729 a.C. por los colonos calcídicos de Naxos, en la colina que hoy se llama de los Benedictinos. En el siglo siguiente, el legislador Caronda le dio a la ciudad una legislación de inspiración moderada, a medias entre la oligarquía y la democracia. En el año 476 a. C., Catania fue conquistada por Gerón de Siracusa: sus habitantes fueron desterrados, volvieron 15 años después, en el 461. Durante las guerras púnicas, la ciudad fue conquistada por los romanos, en el 263 a.C., y mantuvo una notable riqueza hasta la época imperial. Tras un período de decadencia provocado por las invasiones bárbaras y por la conquista bizantina en el 535, Catania fue ocupada por los árabes en el s. IX, que redistribuyeron las tierras y dieron nuevo impulso a las actividades agrícolas y comerciales. A partir del año 1071, con la conquista normanda, se construyó la Catedral como iglesia-fortaleza y se restablecieron los latifundios que se cedieron a los monasterios. Después sufrió una crisis económica que el terremoto de 1169 empeoró aún más. En la época de la dinastía suaba, finales del s. XII y gran parte del s. XIII, Federico II mandó edificar el Castillo Ursino, 1239-50, para completar su obra de fortificación de esta parte de Sicilia, y como símbolo de su poder. Con la llegada de los aragoneses, a finales del s. XIII, Catania, rival de Palermo, fue elegida muchas veces como sede de la corte, y se fundó el Siculorum Gymnasium, primera y prestigiosa universidad siciliana. La gran erupción volcánica de 1669 y el terrible terremoto de 1693, que afectó a toda la Sicilia oriental y que destruyó gran parte de la ciudad, arruinó una situación económica que ya era difícil. Catania fue reconstruida, se extendió considerablemente; después sufrió una nueva crisis agrícola, pero se recuperó. Fue elegida como capital de la provincia en el s. XIX, volvió a expandirse hacia nuevas zonas hasta obtener, hoy día, su imagen actual de ciudad activa y moderna. Textos de "Guía de Sicilia y de sus islas menores" de Ugo La Rosa.